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Miércoles, 05 de abril de 2006
EL PEREGRINO Y EL LOBO.
“Todo empezó al llegar al Valle de los Lobos”- “Todo empezó al llegar al Valle de los Lobos”…repetía una y otra vez…
Hacía un inusual calor aquel invierno. A partir de Salamanca empezó a notar el calor.
Eran veranillos de estos raros le dijeron en Puebla.: -“Ahora con el agujero del ozono y el cambio del clima pasan estas cosas. Igual mañana cae una nevada que nos helamos todos…”
Subió el puerto sudando y lo que vio al pasar el túnel le dejó anonadado: ante él se extendía un valle verde y totalmente florecido…en pleno mes de enero...
Ya en ese momento se sintió vigilado.
Cruzar aquel túnel era como entrar en Shangrilá: estaba en un valle cerrado verde y lleno de vida que parecía irreal. Había algo extraño en todo aquello…
En la bajada hacia El Pueblo de los Lobos se giró en varias ocasiones. Por vez primera en tantos días de camino sentía miedo. Para ser más exactos: por primera vez en mucho tiempo tenía miedo.
Pero en esta ocasión era la casi certeza de que alguien o algo le seguían. Las corredoiras por los verdes bosques de robles anteriores al pueblo no ayudaban a mitigar su intranquilidad.
Llegó al albergue, se duchó, y fue a comprar algo para hacer la cena. No quería ir al bar. Estaba contento de hacer El Camino en enero: así no había otros peregrinos que le molestasen. La compañía de otras personas cada vez le gustaba menos. Él no necesitaba a nadie más que a sí mismo para vivir.
Cruzó el pueblo hasta la tienda. La vendedora, le habló del fabuloso tiempo que estaban teniendo y le aseguró que no era normal pero que a ella le gustaba más que el frío “Aunque no se fíe: igual mañana cae una nevada y quedamos aislados. El tiempo está loco”.
Al salir de la tienda con su bolsa azul en la mano se fijó en el ruido que llevaba rato oyendo. Ante la casa de al lado un hombre cortaba leña con un hacha, de espaldas al peregrino. Sólo al cabo de un rato se dio cuenta que más que la sonora cadencia del trabajo lo que atraía su atención era la camiseta color amarillo intenso donde podía leerse la frase: “Ni una puta bici en El Camino” que llevaba puesta el hombre. Se acercó para preguntarle. Era la primera vez en todo el tiempo de camino que sentía la necesidad de hablar con alguien. De hecho era la primera vez en muchos años que quería hablar con alguien. En ese momento un tronco saltó y se estrelló con fuerza a su lado. El hombre, que no había visto al peregrino, cogió el tronco: “Apártese no vayamos tener un disgusto”-dijo con una sonrisa. Y añadió: “¿Qué tal El Camino?”-“Bbbien, muy bien”. El joven recogió el tronco, el hacha y entró en el garaje.
El peregrino volvió al alberge enfadado consigo mismo por no haber intentado hablar con aquel leñador.
Durante la noche, solo como otras veces, en aquel pequeño y apartado albergue se volvió a sentir vigilado.
Soñó…Soñó con flores de nieve con lobos por encima de ellas con la cara del sonriente joven que cortaba leña. Soñó con sigo mismo suplicando a gritos que alguien hablase con él sin éxito.
Por la mañana al levantarse se dijo que todo aquello eran estupideces. Que como siempre él no necesitaba a nadie para vivir.
Al pasar junto al comercio del pueblo el joven que cortaba leña estaba amontonando unos troncos. Nuestro peregrino se fijó una vez más en él: unos treinta años, gafas, barba, trabajando con guantes… de algún modo resultaba extraño allí. Esta vez tenía puesta una camiseta negra con la cara de un enorme lobo. Le saludó amablemente, se acercó y le tendió algo. Era una pequeña bolsa de cuero cerrada, con algún objeto dentro y le dijo: “Guárdalo. En algún momento te servirá”. Antes de subir la escalera hacia su casa con una sonrisa enigmática añadió: “Tendrás un Buen Camino…ya lo verás. Tendrás Buen Camino.”
Nuestro peregrino miró la bolsa, por algún motivo que él mismo desconocía se la colgó al cuello y prosiguió su camino.
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