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Martes, 18 de abril de 2006
Llueve a cántaros. Hace un frío de mil demonios. El viento en algunos momentos parece un huracán. Los caminos llevan tanta agua como ríos. Y los ríos...nunca los había visto así. Hace una semana que llueve y en las últimas 24 horas no ha parado ni un instante.
Aún así salgo a pasear. Pese a mi impermeable viejo, mis botas de agua y mi paraguas, nada más salir de casa ya estoy empapado. No importa. Estoy tremendamente vivo. Cuando llego al camino de la ermita me entretengo con uno de mis pasatiempos/vicio favoritos: apartar broza de los canales del agua. No llevo bastón y lo hago con los pies. Cada vez me mojo más pero cada vez estoy más contento. Pienso en los peregrinos que pasarán mañana por ese camino: ellos no llevan botas de goma y agradecerán que los charcos se hayan drenado. Me imagino a mi mismo con una mochila a cuestas dirección Santiago y un escalofrío me recorre la espalda: ahora no puede ser pero...
La vista del cruce de los ríos es espectacular. El prado está inundado y el caudal pasa casi dos metros por encima del muro de la presa veraniega. Alrededor de la ermita el agua me llega por encima de los tobillos y cada vez llueve con más fuerza. Llueve, tengo frío y precisamente por eso me siento más vivo que nunca.
Subo a la carretera y en ese momento arrecia el temporal. El viento huracanado que sube del río brama con una vida inigualable. Diluvia a mares y el viento impetuoso me obliga a ir haciendo eses por la carretera. Me quito las gafas, cierro el paraguas y me sé, caminando medio de lado y esquivando ramas que vuelan a velocidades de vértigo a mi alrededor, el hombre más feliz del mundo. Me pongo a cantar a todo pulmón. Para el coche de un amigo y no quiero subir: lo estoy pasando demasiado bien. Me miran como si estuviese loco. Quizá lo esté pero no importa. Tengo la total certeza de que estoy vivo y de que pertenezco a esta tierra, a esta lluvia y a este viento. Río a carcajadas mientras canto a gritos: estaré loco sí, pero más vivo que nunca.
Llego al otro puente. Como imaginaba la vista impresiona: remolinos de espuma blanca por encima de las rocas donde otrora bajaban mansas aguas. Los pantalones están empapados, las botas llenas de agua, los calcetines pesan toneladas, las manos blancas y ateridas. Pero cada rama, cada piedra, cada grano de tierra, cada semilla a punto de renacer cantan conmigo a la vida. Sólo por ver el río así ha valido la pena vivir. Porque la lluvia no es sólo agua: es montones de sensaciones, montones de aromas (¿hay algo más embriagador que el aroma de la tierra fértil empapada?), montones de sonidos: cada gota de agua suena diferente según donde caiga y todas están vivas.
No puedo evitarlo: soy una especie de “sibarita de los sentidos”. Los aromas de cada planta del bosque (además del fértil humus, claro), los mil sonidos de los animales y los insectos al pisar, el tacto del musgo o del granito, la visión majestuosa del ciervo o la garza, el sabor de la lluvia o el viento son experiencias inigualables de vida extrema.
Llueve sí, estoy empapado en la tierra que amo y vale la pena vivir.
23-Marzo-2005.
Por: lobogrino | General | Comentarios (2) | Referencias (0)
tu relato me recuerda tanto al lugar donde nací...
es todo vegetación, a veces demasiada para mi q soy más urbanita...
un beso lobogrino
sinfonia agridulce | 19-04-2006 10:34:49
...Lobo querido, me ha encantado tu post de Abril "LLueve", conozco esa sensación un poco de locura, el olor a tierra mojada, el sentir que la lluvia deja importar y empiezas a disfrutar de la sensación de las gotas resbalándote por el rostro...como siempre mi lobo favorito me aporta momentos y recuerdos, ¡gracias!...
Un Angel | 21-07-2006 19:09:46