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Lunes, 06 de noviembre de 2006

TELURIA



El aprendiz de brujo entró, para dar gracias, bajo las largas ramas del Tejo milenario del espacio sagrado de la aldea.
En aquel momento notó como las suaves ramas de perennes hojas acariciaban dulcemente su cabeza y sintió la amorosa caricia del Buen Dios. En ese mismo instante un grito de la luna le hizo girarse para ver como las nubes que tapaban aquella hermosa luna llena de principios de septiembre formaban un perfecto Ave Fénix.
El aprendiz de brujo se había acercado al Tejo milenario para pedirle un trozo de una de sus ramas y que así su energía estuviese con él en la distancia.
Aquella noche tenía algo de mágica. La enorme luna llena hacía fluir toda la energía. Mientras el hombre cortaba las ramas oyó ruido en la lejana casa de los jóvenes: -“quizá María esté pariendo ya”-pensó-.
Con su rama-varita en una mano y el péndulo de cuarzo en la otra paseó por el Espacio Sagrado que rodea al templo. El péndulo no paraba de oscilar percibiendo la enorme energía de aquel lugar y aquella noche. Los trozos de rama emanaban poder.
Cuando entró de nuevo bajo el Tejo para darle las gracias, en su mente resonaba como un mantra un estribillo mil veces escuchado:

“O que esquece as súas raíces
perde a súa identidade”.
Seguidos de la retahíla de “ailalás” femeninos.

Mientras notaba la caricia del viejo Tejo miró hacia la espesura de sus ramas para dar gracias al Buen Dios por haber puesto sus suaves dedos sobre la insignificante cabeza. La caricia del Dios Inmortal a un pobre hombre por medio del milenario árbol de los muertos y de la eternidad.
Cuando salió el Ave Fénix que ocultaba a la Luna había mudado en un delfín y una ardilla que lo abrazaba. Al poco emergió tras ellos la majestuosa Luna tapada en parte sólo por una liviana nubecilla en forma de paloma.
Las formas nebulares tampoco eran casuales.
El aprendiz de brujo fue a la puerta sur del Templo. Allí dejó que los rayos del Espejo Celeste acariciasen durante largo tiempo su rostro y sus brazos extendidos en forma de cruz. Se acercó el trozo de Tejo a la nariz. El dulce, agrio y terroso olor de la corteza le embriagó, como también el vivo y fresco aroma de la Luna Llena a hielo y a hierbabuena.
Sin duda aquella mágica noche olía a Luna Llena y a Tejo Milenario cargados de fuerza y de teluria.

Al día siguiente el hombre fue al viejo castro celta.
Siempre le había sobrecogido aquel lugar: lejos de todos los núcleos habitados, tras un denso bosque de robles helechos y castaños, en una perfecta curva de ballesta del orgulloso río.
No se trataba de un castro celta al uso. Los arqueólogos, debidos a intereses políticos, habían manipulado los restos y concluido que allí no había nada de interés.
Pero el aprendiz de brujo siempre supo que aquel lugar tenía una magia especial. Imposible acceso por tres de los cuatro flancos debido a una pendiente salvaje y doble muralla con doble foso con hiladas de piedras clavadas entre ellos para proteger…cuatro minúsculas casas…Ya desde niño, mucho tiempo atrás, había sentido la fuerza salvaje y arcaica de aquel sitio apartado de todos los lugares. Y justo en su base: una poza del río, de enorme profundidad, aguas negras y sensación inquietante; lugar de extrañas y antiguas leyendas.
El hombre se paseó por todos los recintos del castro celta. El péndulo de cuarzo oscilaba vehemente en su mano. Mientras notaba que la fuerza contenida en aquel lugar olvidado pasaba a través de todo su cuerpo.



Dos días más tarde, con todo lo aprendido se atrevió a subir al Bosque, en busca del roble que antaño había amado. Aquel estío no había podido encontrarlo y se había llegado a preocupar. La primera ver había sido cubierto por un enjambre de moscas que se metían por todos los rincones de su ropa y de su cuerpo. Tenía prisa, quería hacer fotos a “su” roble. Y las moscas, salidas como de la nada, casi le llevan a la locura, corriendo durante casi una hora como un poseso y sin mirar, por un enmarañado bosque lejos de todos los sitios. Pocas veces en su vida había sentido tanta angustia.
La segunda vez “se perdió” en el bosque que conocía mejor que la palma de su mano y casi se le echa la noche encima.
La tercera vez fue peor: calculó todas las direcciones, todos los caminos, salió de casa con tiempo suficiente y preparado para ahuyentar las moscas. Pero simplemente el bosque “se cerró” ante él en cada paso que daba. Hasta tal punto que cuando pudo salir a la pista que le devolvía a la aldea iba sangrando por los brazos, las piernas y la cara por haber tenido que pasar entre unos arbustos espinosos que no había visto nunca.

Aquel día iba tranquilo. Sabía que el claro del bosque sólo aparecería si tenía que hacerlo. Trepó a una gran roca y pidió a la Madre Tierra que le concediese el regalo de hallar el claro donde estaba el roble amado. El péndulo de cuarzo no paraba de oscilar con fuerza.
Subió por en línea recta por el frondoso bosque de robles y helechos. Iba despacio, tranquilo, sabiendo que pasaría lo que debería pasar. Al llegar a un círculo de siete jóvenes robles entró dentro. El péndulo en una mano, el bastón de castaño en la otra clavado en la tierra. Volvió a pedir el regalo de encontrar el claro del bosque donde había reposado su ánimo en tantas ocasiones. En ese momento oyó un ruido. Miró. Hacia abajo. Como a 50 metros un majestuoso corzo le observaba. Lentamente se retiró y tras él estaba el viejo y espectacular roble.
El aprendiz de brujo recogió tranquilo sus cosas y salió del círculo, no estaba seguro de que aquello fuese real o sólo producto de su deseo.
Bajó despacio y se encontró con el árbol amigo. Lo abrazó y trepó al nudo donde tantas veces había reposado. Allí durante horas, sintió la misma fuerza que tres días antes había notado en el Sagrado del Templo y luego en el castro celta.
Al bajar del roble, caminar descalzo por la hierba del claro y subir a la gigantesca roca entendió la lección: un hombre no es más que un hombre.
La obra del Gran Padre Dios no le pertenece. La Madre tierra no es de ningún humano.
Como el Roble del recóndito bosque que no era “su” roble por más que lo amase.
Aprendió que un hombre siempre tiene que aprender.
Que la naturaleza siempre será más sabia que los hombres por más que estos tengan la capacidad de destruirla.
Aprendió que al monte se debe ir sin prisas y con mucho respeto. Que hay que escuchar su lenguaje. Que no es un medio para la diversión de seres humanos aburridos, sino un fin en sí mismo y los humanos son simples invitados.

El aprendiz de brujo después de sentir la caricia del Buen Padre Dios en forma de ramas de tejo, después de leer el mensaje de las nubes con la luna, después de percibir la vida de sus ancestros en el castro celta, y tras aprender la lección dada por el bosque y el roble, se sintió mucho más persona, mucho más hombre. Y siguió aprendiendo a vivir la naturaleza con humildad, admiración y profundo respeto hacia cada uno de sus elementos.
Sin duda fue una buena lección.

Por: lobogrino | General | Comentarios (9) | Referencias (0)

Comentarios

Me encantan esta forma de poetizar un hecho que yo trataría de otra manera, y tu ya sabes de que manera, aunque reconoce que te reirías. Me gusta cuando escribes así, me gusta mucho.

Este fin de semana me encontré un regalo, una sorpresa, tal y como la dejaste hace un mes, muchísimas gracias, fue muy bonito y me hizo muy feliz, espero que algún día me enseñes todos esos árboles, yo no sabía que hubiera sauces en el Valle de los Lobos, ¿cuándo cogiste el trozo de tejo?, ¿fue esa noche que nos describes? ¿y el roble?, creo que ahora es realmente cuando me apetece conocer tu roble, espero poder hacerlo algún día.

Muchos besos nos vemos en un par de días.

Bruja | 06-11-2006 11:53:13

El aprendiz de brujo se dio cuenta de que multiplicar escobas es fácil, pero dominarlas......

pon | 06-11-2006 16:48:10

Otra de las lecciones que se aprende con tu relato, es que hay cosas en este mundo que por mucho que las busques no las vas a encontrar porque no es el momento, a vece sson ellas las que te encuentran a ti.

Nada de lo que nos rodea es nuestro y por eso mismo hay que actuar con el mayor de los respetos, algo tan sencillo todavía es difícil de entender para muchos.
Una vez más, me has dejado flipadísima reflexionando sobre todo lo leído.

Un abrazo.

Donde está mi mail???????????? jeje.

chica fina opina | 06-11-2006 18:57:55

Y si al monte se va con alguien como tu, que lo ama y lo conoce (algunos urbanitas no sabriamos distinguir su robre de un boj) aprenderiamos a amarlo como tu.

hermes97 | 06-11-2006 19:02:24

Somos hijos de la tierra, ella es nuestra madre y ella nos da la fuerza y la vida, por tanto hemos de amarla y respetarla, rendirle homenaje y cuidarla, ya que en su muerte está nuestra muerte.
Lo que pasa es que hemos enterrado a nuestros ancestros y nos negamos a oír nuestra sangre que gime en la desesperación de la lenta agonía a la que nos estamos sometiendo.

pe-jota | 06-11-2006 20:09:01

qué bien escribes

lo publicas? deberías recopilarlo y publicar algo si es que no lo has hecho ya

josestereo | 07-11-2006 18:33:50

yo soy aprendiz de la vida. nunca me sacio de aprender :-)

q pases buen fin de semana nene..

besos

sinfonia agridulce | 09-11-2006 23:32:07

...y a través del roble, el aprendiz de brujo echó raíces en aquel bosque, que también se extendieron bajo la tierra hasta otros bosques lejanos.

Amuitz | 12-11-2006 11:31:32

Ver tu blog con fotos me ha hecho la misma ilusión que cuando vi por primera vez una tele en color

¡que bonito!
¿son tuyas?

Jose L Serrano | 13-11-2006 12:45:43

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