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Lunes, 22 de enero de 2007

Más allá de las anécdotas o curiosidades hay una excelente película que ultrapasa los límites de la pantalla, conmueve hasta lo inimaginable, muestra verdades como templos y te acompaña fuera de la sala de proyección.
“El Gran Silencio” sin pretenderlo es la Gran Película. La mejor película de la historia. Aquel film por el que valía la pena que se inventase el cine.
Mucho más allá de si los monjes (Trapenses) tardaron 16 años en responder al director para que los filmase. Más allá de que si en tres horas no hay diálogo (lo que es mentira puesto que es lo único que tiene: diálogo el diálogo del corazón de Dios con el espectador que se convierte en sujeto activo y participa de la película). Mucho más allá de que no hay historia al uso (inicio-nudo-desenlace) o que su acogida sea un fenómeno inesperado; se esconde la más preciosa de todas las joyas fílmicas jamás rodadas.
Como no hay ningún elemento cinematográfico habitual empieza de golpe: sin publicidad, sin títulos de crédito, sin músicas: “El Gran Silencio”.
Una imagen blanca, un zumbido que es nieve cayendo sobre la Cartuja de Grenoble, en los Alpes Franceses, un joven monje trapense que ora en la soledad de su celda.
Y a partir de aquí durante tres brevísimas horas que pasan en un santiamén: mil millones de sensaciones, de imágenes, de sonidos que normalmente no escuchamos.
Las pisadas de los monjes por los claustros, el crujido de las tijeras que cortan la dura tela de los hábitos que confeccionan expertas y sarmentosas manos de monje anciano, el zumbido de la nieve cayendo, el sonido de la navaja pelando una manzana, el repiqueteo de la lluvia cayendo en un charco y el reflejo de un grajo que cruza el cielo y se ve en el charco donde llueve, el sonido de la máquina de rapar el pelo, el enorme estruendo de la aguja al clavarse en la tela del hábito…
“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”.
Varias citas bíblicas enfatizan la vivencia de estos hombres aunque esta, la Vocación de Jeremías, base de toda vocación religiosa se repite constantemente. Y no de manera casual.
Unos hombres excepcionales que viven una vida excepcional. Una vida dura siempre y hoy más que nunca. Hombres de rostros felices, de energía incombustible, de autenticidad inmensa. Hombres aparentemente recluidos en una inactividad inútil y que son la gran, la única esperanza de la humanidad.
Y los rostros…Una veintena de hombres. Ancianos y jóvenes que regalan durante unos segundos su gesto al espectador. Todos diferentes: rubios, negros, viejos, con barba, jóvenes, lampiños, con o sin gafas…Pero con algo común: la felicidad serena en sus rostros.
El espectador tiene el privilegio de asistir a una parte de la Profesión de dos hermanos. De escuchar los ancestrales cantos en Gregoriano que salen de las templadas gargantas de estos curtidos hombres, capaces de enfrentarse al duro invierno alpino si más calefacción que el calor de los ásperos hábitos y troncos en una estufa que previamente han tenido que cortar con sus manos.
“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”.
Llama la atención uno de los monjes que reparte la comida con un carro por la ventana de las celdas de los compañeros. Guarda un asombroso parecido con el actor John Malcovich. Es joven y tremendamente guapo. Otro hermano, regordete y con gorro de lana se encarga de llevar comida a los gatos y mientras juega con ellos les cuenta cosas. Uno de los monjes que cortan el pelo, con una sola mano mueve la máquina con maestría para rapar la cabeza de los compañeros. Y mientras el que lleva el huerto quita la nieve o desatasca una manguera rezan. Rezan durante la actividad o la dejan a medio por unos instantes para arrodillarse y rezar.
Los domingos comen en comunidad, mientras un monje lee La Regla de la Orden. Luego, entre bromas y risas salen a dar un paseo. En un momento hablan sobre la conveniencia o no de mantener el símbolo de lavar las manos antes de la comida comunitaria (se entiende que habitualmente lo hacen y en esa comida salen de celebrar la Eucaristía) unos se muestran a favor y otros en contra del viejo símbolo. Hasta que uno de ellos lacónicamente afirma: “Yo no estoy ni a favor ni en contra de ello. Mi problema es que me olvido de ensuciarme las manos antes”… Otro afirma que perder los símbolos les condenará a desaparecer como ocurre con el hombre moderno.
Pero se equivoca: la actual cultura no ha perdido los símbolos. Los ha sustituido por otros.
El hombre moderno ha convertido en símbolos a seguir a marizorras de diseño capaces de cualquier cosa por dinero y salir en las revistas, y a descerebrados lerdos que conducen coches de carreras, patalean una pelota o juegan a deportes de raqueta, y a niñatos palurdos (ya se caigan del andamio, o se corten o no los rizos…) que han ascendido musicalmente a base de utilizar su boca más para succionar la entrepierna de productores musicales seguramente casados y con hijos que cantando, ya que carecen de aptitudes para tal cosa y a los de Gran Hermano/similares que a la vez que “contertulios de temporada” son putaz@s de lujo para señor@s acaudalados. Esos son los símbolos del hombre moderno: tener más, ser más rico, más famoso, putear más al vecino o al compañero de trabajo, fardar del último coche o del último teléfono o del último bolso D&G aunque haya que tenido que comprarlo falsificado al negro de la manta de la calle…
Y ahí es donde nuestros amigos monjes Trapenses hacen más falta. Y ahí es donde la película hace más falta. Y no están “en otro mundo” uno de ellos dice que al día siguiente a la jovial charla tiene que coger un avión para Seúl…
“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”.
Y seguimos viendo el paso de las estaciones, el paso de los días en un marco geográfico incomparable, y los monjes rezan y cantan, comen y trabajan, estudian y se ríen en los paseos.
Uno joven moreno y fornido de largas pestañas(con pinta de vasco) escribe con un bolígrafo Bic, que suena de manera brutal al escribir en el papel, y letras caligráficas preciosas en un cuaderno, en castellano: seguro que es vasco...
Sigue la procesión de rostros ante nuestros ensimismados ojos. Algunos de ellos, no pueden aguantar la seriedad y traviesos ríen.
Y rezan tirados en el suelo de la capilla.
Y cantan alabanzas al Buen Dios.
Otro de los días, ya de principios del invierno salen apresurados. Sus botas de montaña, que el joven vasco poco tiempo atrás ha repegado, suenan bruscas en las losas del suelo de los pasillos.
Van de excursión por la nieve. Charlan, ríen y juegan como niños traviesos. Al llegar a una pendiente de la montaña alpina unos cuantos suben unos 100 metros y entre risas esquían…pero los esquís son sus botas o simplemente su hábito. Suben una y otra vez para dejarse caer rodando 100 metros mientras los hermanos aplauden.
A la vuelta un hermano ciego y medio sordo, con unas cejas de canas kilométricas le cuenta al director de la película lo que sintió al quedarse ciego. Es la imagen de la serenidad. Su rostro ajado por el tiempo es la expresión más pura de la felicidad…y de la fe. En un momento afirma: “el hombre moderno va mal porque ha perdido a Dios. Cuando un hombre abandona a Dios no tiene sentido la vida”.
Ante eso uno no puede más que asentir y emocionarse. El viejo monje pobre, miserable, ciego y sordo, recluido en un agujero perdido, pero feliz y profeta ha dicho la verdad mayor de la existencia: “Cuando un hombre abandona a Dios su vida no tiene sentido”. Y lo dice sonriendo con sus cerrados ojos, su rostro lleno de profundas arrugas y sus canosas cejas varias decenas de centímetros de largas. Es la sencillez más absoluta diciendo la mayor de las verdades.
La película sigue, regalándonos imágenes, sonidos, incluso aromas (se llega a oler el incienso de las celebraciones) que hay que ver sin ninguna duda.
Desconozco quien es director. No sé si es creyente o no. Si es católico o no. Si siempre se ha dedicado al cine o hace encaje de bolillos. Y tampoco me importa.
Lo que sí sé es que ha hecho una obra magistral absolutamente necesaria en los tiempos en los que vivimos. No por la falta de diálogos o el clima tranquilo de silencio en los 160 minutos de metraje. Sino porque sin haber historia te atrapa, te llega adentro, te emociona. Sale del cine contigo.
Te habla a lo más profundo del corazón. Dios mismo lo hace.
Y sólo puedes salir emocionado, repitiendo una y otra vez:
“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”…
Por: lobogrino | General | Comentarios (9) | Referencias (0)
Gracias Grino... me adelantas la peli... pero merece la pena... si, "me sedigiste Señor, y me dejé seducir..." Dios habla a lo profundo del corazón desde las mediaciones históricas que nos regala... Tu eres mediación para que el Dios de la Vida hable en mi vida... Gracias por acercarme tus sentimientos por acercarme a ti y a tu vida... por acercarme el "Gran silencio" y porque así yo tb iré a verla.
Abrazos desde la frontera
Nando
Nando | 22-01-2007 08:15:53
Tengo por costumbre desconfiar de toda película o espectáculo que sobrepase los 100 minutos. Para que duren 3 horas tiene que ser muy bueno y es evidente que a ti "El Gran Silencio" te llegó hasta la médula.
La verdad es que no sabía ni que exstía...es lo malo de estar rodeada de mega salas de cine para niñatos.
chicafnaopina | 22-01-2007 11:05:15
Me pusieron el trailer delante de HIJOS DE LOS HOMBRES
la peli promete pero entre que no la han dado en sevilla y que no estoy mu místico últimamente...
josestereo | 22-01-2007 15:35:17
No la vi, el día que fui a verla en la otra sala del mismo cine ponían Dies d'agost, de Marc Recha, y opté por ésta. Muy recomendable.
Amuitz | 22-01-2007 19:04:36
A veces, solo con mirarnos hacia dentro y sin que nos preocupe lo que piensan los demás de nosotros, encontramos a Dios. Lástima que su silencio, que dice más que las palabras, no sepamos comprenderlo.
Davinci | 23-01-2007 02:45:25
Sólo nos resta disfrutarla a aquellos que aún no la hemos visto.
Y con ello redescubrir la paz que tanto ansiamos y que aturdidos en este mundo de excesos y nos negamos, el gran silencio de reencontrar nuestra plena dimensión como seres humanos unidos a nuestro entorno natural.
pe-jota | 23-01-2007 18:24:27
Cantan los monjes cistercienses en la oración de Completas..."Cuando cesan los ruidos, comienza la canción del corazón..." Qué razón tienen!!
Mar del Norte | 25-01-2007 07:42:05
No la he visto y tengo muchas ganas de verla y más despues de leer tu post.
Ya te comentaré cuando la vea.
Un abrazo.
hermes97 | 30-01-2007 08:43:48
Fr. Rodrigo Arrazola | 25-06-2007 15:42:33